Decálogo para una familia feliz

 Cuando tenía veinte años, era soltera y daba mis primeros pasos en el periodismo, escribía una columna en un conocido diario, donde aconsejaba a los padres sobre cómo debían educar a sus hijos. Hoy siento algo de vergüenza de haber tenido la audacia, tan propia de esa edad, de dictar cátedra sobre temas tan complejos cuya solución es distinta en cada caso. Algo similar me ocurre cuando escucho a grupos y personas que se creen poseedores de la verdad, diciendo que esto o aquello atenta contra la familia o la destruye. Inventando decálogos para lograr que esa institución sea perfecta.

La experiencia, que me dan los años y los hijos, me hace ver las cosas de manera diferente. He conocido familias de esas en que se da todo lo que, según los fundamentalistas del tema, no se debe dar: matrimonios separados, hijos nacidos fuera de la unión legal, nuevas parejas, etc... Y pese a ello, las he visto cohesionadas y felices. En su interior los unos están preocupados y ocupados de los otros. Se otorgan mutua protección y bienestar espiritual y material, sin juzgarse. En ellas he palpado muchos lazos de amor que a veces no se dan en otras, constituidas de la manera tradicional.

La complejidad del tema requiere de un análisis caso a caso y no de la masificación que hoy se pretende dar. Las familias perfectas, muchas veces sólo parecen serlo porque destierran o acallan a algunos de sus miembros, a los que tienen una opinión u opción diferente. Con tal de proyectar una imagen impecable frente a la sociedad, no se mezclan ni acogen a los separados, a los homosexuales o a cualquiera otro que pueda infectarlos con el virus de lo humano.

Durante años en nuestra sociedad los matrimonios se mantuvieron unidos para siempre aunque el amor, el respeto o la fidelidad fueran cosas del pasado. En esas familias ideales de antes, si las niñas se embarazaban debían casarse a la fuerza o irse muy lejos, lo que normalmente no sucedía a los varones. Los hermanos o hermanas de pensamiento menos conservador, debían dejar el alero del hogar y partir. En ese modelo de familia que algunos añoran, muchas veces lo que parecía perfecto no lo era tanto, porque se excluía a personas de la misma sangre, sin piedad ni caridad cristiana.

Sería perfecto y saludable tener una familia con un papá, una mamá, hijos y abuelos que se quieran mucho y se apoyen en todo. Pero eso no siempre se logra, porque hay factores y situaciones humanas que lo impiden.

Hoy existe una variedad inmensa de familias que pueden tener igual o mejor calidad de vida que la tradicional. Porque no es cierto que una familia se destruye al separarse un matrimonio. O cuando alguien se casa con una mujer o un hombre que aporta otros hijos. No es lo más fácil ni lo ideal y requiere de un tiempo de adaptación. Pero en esos casos, si existe verdadero cariño, la familia no se desintegra, se amplía.

Todo depende de la cantidad de amor que se dé en las relaciones humanas al interior de un hogar. Porque, finalmente, la familia es un albergue para las tristezas, un lugar donde se acoge al que tiene problemas y se le otorga lo que necesita, en la medida de lo posible. Donde se puede llegar y esperar un abrazo, sin que nadie juzgue cómo se actuó. Todo ello, por lazos de sangre, de afecto o de conocimiento profundo y cercano que uno tiene del otro.

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