En un mundo tan concreto como el que vivimos hoy, en que todo se mide en pesos, no es extraño que exista ansiedad de una ilusión. Eso puede explicar el entusiasmo colectivo y hasta la ternura, con que los santiaguinos observaban a la pequeña gigante y su tío.
Historias simples como ésta, interpretadas por muñecos de gran tamaño que hasta respiran, son capaces de mover multitudes pese al calor sofocante del cemento de la ciudad.La necesidad de sentir emociones más finas y no tan violentas que las que vemos, a diario, en la televisión o el cine, nos llevan a disfrutar de este espectáculo.
Ojalá estemos en ese punto en que el péndulo comienza a avanzar en sentido contrario, no en el campo político ni en aquello que constituye un beneficio real para las personas, sino en el sendero de lo concreto. Aquello que nos hace pensar primero en el signo pesos y segundo, también en el mismo signo.
En este momento es fácil comprarlo todo, hasta lo que queremos que digan de nosotros los diarios y revistas. Pero no nos engañemos: podemos pagar por una casa linda, y no tener allí un hogar; tener una pareja y no, amor;vivir con el máximo bienestar y no ser feliz.
La ilusión y la magia hacen falta y no sólo en manos de los artistas. También en las de aquellas personas que nos rodean, en las relaciones de amor, en lo que vemos en televisión o cine.
La violencia que se publicita y se fomenta porque vende, sólo promueve la venta de seguros y crea infelicidad.
Hoy, de la mano con la muñeca gigante y su tío, quiero tener la esperanza de que el péndulo retorne desde su camino a lo concreto y la ilusión regrese, en gloria y majestad, al mundo que nos rodea.

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